Mi relación con la literatura es tan cercana y bondadosa como extraña y lejana. Cercana y bondadosa cuando me sucede que la prosa nace como en una casualidad y va, poco a poco, abandonando su paso caminante y logra una velocidad que, para la felicidad de su ocasional visitante, se convierte en un vuelo primero sutil, luego vertiginoso, finalmente fantástico, tres cualidades que sólo poseen las cosas bellas. Es así, simplemente bello, cuando desde la nada misma un texto nos lleva fielmente hasta esos sitios dónde ninguna otra mente podrá acceder.
Así las cosas, me resulta imposible no citar dos frases que me gustan. La primera, de Jorge Guinzburg: “leer no es volar, pero es lo que más se le parece”, y la segunda, de Stephen King: “terminar de leer un buena historia es como al despertar de un reparador sueño.”
En cambio, se me torna extraña y lejana cuando mi cabeza no logra acceder a un libro, cuando voy avanzando páginas y no logro conectarme con lo que el escritor quiere proponerme. Los estilos influyen, es verdad, las épocas ni que decir, pero lo peor es cuando me da la sensación de que han querido hacer de la escritura un bien de mercado y sólo lograron juntar palabras con tanta desprolijidad y maltrato que se alcanza a ver detrás de ellas, en una pintura grotesca, el engrudo con el que se las ha unido.
El consuelo que me queda en estos casos —facilista para algunos— es el que le escuché decir a una profesora hace no mucho tiempo: “cada libro tiene un momento para ser leído”. Uno puede perseverar, leer algo a regañadientes, y sentirá en cada pasar de hoja como que algo se está rompiendo”. Mejor es, en esos casos, no insistir, dejarlo, abandonarlo, tal vez sin un señalador que nos anuncie que una vez no pudimos con él. Por eso, cada día más me convenzo de que, a su vez, hay libros que nunca podré leer, que habrá historias sobre las que nunca oiré, quizás por suerte, por más voluntad que le ponga.
letraazul puntorojo
lunes, 26 de septiembre de 2011
Una vida de literatura
Parada. Kiosco. Esmeralda. Colegio. Café. Pinturerías. Desde pequeña mi papá me hacía leer carteles en la calle. Cualquier cosa, todo el tiempo, temprano en la mañana, tarde a la noche. Una vez, en un dictado en tercer grado me saqué un diez. Ni un solo error. “¡Excelente!”, dijo la maestra y le mostró a todo el curso mi buena nota. Había sido un ejemplo, yo que, por lo general, no era ejemplo de muchas cosas.
Pero fue de grande cuando me encontré realmente con la literatura. Supongo que fue como ver por segunda vez a ese chico que tanto te gustó hace tiempo. Y al volver a encontrarme con ella, con los libros, me enamoré. Fue un poco por contagio, porque tenía amigas muy lectoras; y un poco por querer saber siempre más, por aprender.
Personalmente, veo dos partes que hacen a la esencia de la literatura. Por un lado, la escritura. Para mí escribir es poner en concreto ideas, pensamientos; es jugarse y elegir una palabra para describir algo, dejando de lado otras. Es dejarse llevar por lo desconocido para encontrarse con uno mismo. Es redescubrirse, reencontrarse, reconocerse. Por otro lado, está el mundo de la lectura, que no es otra cosa que hacer lo mismo que con uno, pero con otro. Es leer al otro, ya sea en fantasía o en verdad, ya sea una autobiografía o una novela de caballería que no se sabe si ocurrió, pero que podría haber pasado. Es desnudar el alma de otro a través de su realidad o de su deseo y es también hacer lo propio con el alma de uno mismo.
La literatura me atrapa en tanto que se da un encuentro, en tanto que, inevitablemente, llego a conocer mi yo más íntimo. Y, no hay encuentro si no hay otra parte, lo cual me lleva a encontrarme con el otro, con ese que escribe, o que se describe.
Pero fue de grande cuando me encontré realmente con la literatura. Supongo que fue como ver por segunda vez a ese chico que tanto te gustó hace tiempo. Y al volver a encontrarme con ella, con los libros, me enamoré. Fue un poco por contagio, porque tenía amigas muy lectoras; y un poco por querer saber siempre más, por aprender.
Personalmente, veo dos partes que hacen a la esencia de la literatura. Por un lado, la escritura. Para mí escribir es poner en concreto ideas, pensamientos; es jugarse y elegir una palabra para describir algo, dejando de lado otras. Es dejarse llevar por lo desconocido para encontrarse con uno mismo. Es redescubrirse, reencontrarse, reconocerse. Por otro lado, está el mundo de la lectura, que no es otra cosa que hacer lo mismo que con uno, pero con otro. Es leer al otro, ya sea en fantasía o en verdad, ya sea una autobiografía o una novela de caballería que no se sabe si ocurrió, pero que podría haber pasado. Es desnudar el alma de otro a través de su realidad o de su deseo y es también hacer lo propio con el alma de uno mismo.
La literatura me atrapa en tanto que se da un encuentro, en tanto que, inevitablemente, llego a conocer mi yo más íntimo. Y, no hay encuentro si no hay otra parte, lo cual me lleva a encontrarme con el otro, con ese que escribe, o que se describe.
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