Mi relación con la literatura es tan cercana y bondadosa como extraña y lejana. Cercana y bondadosa cuando me sucede que la prosa nace como en una casualidad y va, poco a poco, abandonando su paso caminante y logra una velocidad que, para la felicidad de su ocasional visitante, se convierte en un vuelo primero sutil, luego vertiginoso, finalmente fantástico, tres cualidades que sólo poseen las cosas bellas. Es así, simplemente bello, cuando desde la nada misma un texto nos lleva fielmente hasta esos sitios dónde ninguna otra mente podrá acceder.
Así las cosas, me resulta imposible no citar dos frases que me gustan. La primera, de Jorge Guinzburg: “leer no es volar, pero es lo que más se le parece”, y la segunda, de Stephen King: “terminar de leer un buena historia es como al despertar de un reparador sueño.”
En cambio, se me torna extraña y lejana cuando mi cabeza no logra acceder a un libro, cuando voy avanzando páginas y no logro conectarme con lo que el escritor quiere proponerme. Los estilos influyen, es verdad, las épocas ni que decir, pero lo peor es cuando me da la sensación de que han querido hacer de la escritura un bien de mercado y sólo lograron juntar palabras con tanta desprolijidad y maltrato que se alcanza a ver detrás de ellas, en una pintura grotesca, el engrudo con el que se las ha unido.
El consuelo que me queda en estos casos —facilista para algunos— es el que le escuché decir a una profesora hace no mucho tiempo: “cada libro tiene un momento para ser leído”. Uno puede perseverar, leer algo a regañadientes, y sentirá en cada pasar de hoja como que algo se está rompiendo”. Mejor es, en esos casos, no insistir, dejarlo, abandonarlo, tal vez sin un señalador que nos anuncie que una vez no pudimos con él. Por eso, cada día más me convenzo de que, a su vez, hay libros que nunca podré leer, que habrá historias sobre las que nunca oiré, quizás por suerte, por más voluntad que le ponga.
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