Parada. Kiosco. Esmeralda. Colegio. Café. Pinturerías. Desde pequeña mi papá me hacía leer carteles en la calle. Cualquier cosa, todo el tiempo, temprano en la mañana, tarde a la noche. Una vez, en un dictado en tercer grado me saqué un diez. Ni un solo error. “¡Excelente!”, dijo la maestra y le mostró a todo el curso mi buena nota. Había sido un ejemplo, yo que, por lo general, no era ejemplo de muchas cosas.
Pero fue de grande cuando me encontré realmente con la literatura. Supongo que fue como ver por segunda vez a ese chico que tanto te gustó hace tiempo. Y al volver a encontrarme con ella, con los libros, me enamoré. Fue un poco por contagio, porque tenía amigas muy lectoras; y un poco por querer saber siempre más, por aprender.
Personalmente, veo dos partes que hacen a la esencia de la literatura. Por un lado, la escritura. Para mí escribir es poner en concreto ideas, pensamientos; es jugarse y elegir una palabra para describir algo, dejando de lado otras. Es dejarse llevar por lo desconocido para encontrarse con uno mismo. Es redescubrirse, reencontrarse, reconocerse. Por otro lado, está el mundo de la lectura, que no es otra cosa que hacer lo mismo que con uno, pero con otro. Es leer al otro, ya sea en fantasía o en verdad, ya sea una autobiografía o una novela de caballería que no se sabe si ocurrió, pero que podría haber pasado. Es desnudar el alma de otro a través de su realidad o de su deseo y es también hacer lo propio con el alma de uno mismo.
La literatura me atrapa en tanto que se da un encuentro, en tanto que, inevitablemente, llego a conocer mi yo más íntimo. Y, no hay encuentro si no hay otra parte, lo cual me lleva a encontrarme con el otro, con ese que escribe, o que se describe.
No hay comentarios:
Publicar un comentario